17 de octubre de 2008
José Luis Torres Leiva , el cineasta chileno más internacional del año, explica lo difícil que fue haber estrenado hoy en los cines, y su sentido estético que restituye el valor de la contemplación.
Silenciosamente, tal como su historia, "El cielo, la tierra y la lluvia" se ha hecho un lugar en el cine chileno de este año. Incluso más, se puede afirmar sin lugar a equivocarse, que es por lejos la película nacional más premiada del último tiempo y la que a más festivales ha sido invitada.
No es poco para una película que rehuye los discursos y propone una experiencia sensorial: la relación entre el paisaje, los personajes y el clima es su nervio y desde allí su director José Luis Torres Leiva ofrece algunas de las imágenes más bellas y rigurosas vistas recientemente. Pero por lo mismo, su narración y puesta en escena elude el lugar común y se instala en una posición que exige una contemplación atenta y predispuesta. Quizás por ello, el sólo hecho que se haya estrenado es su primer triunfo.
"Siempre tuvimos la idea de que era díficil estrenar", explica el director. "La idea era que se estrenara sea como sea, pero nos costó encontrar un distribuidor, tuvimos varias reuniones con casi todos y nos dijeron que no. Les parecía arriesgado estrenarla, por el lenguaje o porque era muy lenta", explica. Finalmente fue MC Films quien se "arriesgó" a estrenarla pero tomando ciertos recaudos: sólo 3 copias estarán desde hoy en los cines.
Con más de treinta festivales en el cuerpo e importantes premios como el de la crítica especializada (Fipresci) en el exigente certamen de Rotterdam, y el gran premio en el Ficco de Ciudad de México, el éxito de "El cielo, la tierra y la lluvia" no ha logrado marear a su director, quien está más preocupado de seguir explorando y aprender del lenguaje del cine. "Los premios los veo como un reconocimiento, abren más puertas, pero no es algo muy relevante para mí. Es más importante seguir haciendo películas y explorar, experimentar. Lo otros son regalos", explica Torres Leiva.
Lo que sí ha irradiado la cinta en el cine chileno, es una forma de ver y narrar que comienza a transformarse en un rasgo identificatorio de algunas películas hechas en el último tiempo: la contemplación y una búsqueda por despojar en gran medida la narración cinenatográfica. "Uno de los objetivos del filme fue tratar de fundir los personajes con el paisaje, sobre cómo traducir esos sentimientos, y hubo harto trabajo sobre cómo cada plano podría traducir esos estados de ánimo", sostiene.
Estos rasgos lo comparten filmes tan diversos como "Alicia en el país", "Rabia" e incluso "Lo bueno de llorar". Torres Leiva reconoce que se está generando un cambio en el cine chileno, más allá de su interesante variedad. "Hay una tendencia que se ha dado naturalmente, en que ciertos cineastas se abren a nuevas posibilidades", reconoce Torres Leiva. "Pero lo más importante es que ha permitido que existan otras maneras de producción", reconoce, aludiendo a equipos muy pequeños de trabajo, uso del video digital y alejamiento de la concepción narrativa tradicional.