14 de noviembre de 2008
La película del francés Claude Miller, un drama de miradas y recuerdos familiares, demuestra el oficio de un director que se formó como asistente de los mejores cineastas de la nueva ola francesa.
François es un niño delgaducho, ojeroso e introvertido. Todo lo contrario de su atlético padre y su madre, una elegante y escultural nadadora. Es el París de los años 50, un tiempo colorido y luminoso que contrasta fuertemente con el de 35 años después. El salto en el tiempo a 1985 es también al blanco y negro y muestra a un maduro François viajando al encuentro de sus padres ya ancianos, en una travesía que le sirve para repasar un pasado dominado por los intentos de su familia de sobrevivir a las atrocidades y fantasmas del nazismo.
Los recuerdos van desnudando secretos que dejaron esos años, secretos tan increíbles como chocantes, que explican las miradas desilusionadas de su padre hacia él, los susurros de las conversaciones en casa, las manos temblorosas intentando dar cariño y las miradas a escondidas, siempre en segundo plano.
Es una sensación de incomodidad que el director francés Claude Miller retrata con exactitud y oficio en la primera parte del filme. Miller fue asistente de los mejores cineastas de la nueva ola francesa: François Truffaut y Jean-Luc Godard. E hizo suyo un cine puro y desnudo, al cual supo sacarle lustre en su película La Clase de Nieve, premiada en Cannes el año 1998.
Hay que decir que el gran pecado de Un Secreto, el factor que lo hace trastabillar y caer desde su notable primera mitad, es haber traicionado la delicadeza cinematográfica que se le atribuye a Miller. Por "acercarse" al espectador, el director termina subestimándolo: recarga al filme con escenas explicativas y conversaciones maqueteadas que van endureciendo a los personajes y, por ende, la trama. El resultado es que hacia el final la historia se vuelve poco emotiva y poco creíble.
El sentimentalismo se cruza con didácticas imágenes documentales de los campos de concentración, las cuales no impresionan más que lo mejor de la cinta: las escenas de un niño que creció rodeado de fantasmas y secretos. Son estas imágenes las que muestran al Claude Miller que ha hecho de su filmografía un ámbito receptivo a las culpas y traumas de la infancia. Factores que explican los vacíos de muchas vidas adultas y en blanco y negro.